Mujer tenía que ser

Como os adelanté en el primer post de Isabel Gómez Mampaso sobre el “Punto G”, nos va a desvelar los misterios del mundo del automóvil de una forma amena y cargada de sentido del humor. A continuación, os dejo con ella:

Aunque a muchos les cueste creerlo, el idilio entre mujer y automoción no es una novedad del siglo XXI. Es un romance tan antiguo como los mismos coches, que viene a ser 130 años. Las mujeres somos eminentemente prácticas; el ritmo de vida que llevamos no nos deja otra alternativa. Así que, a parte de buenos amigos, los coches son el medio de transporte que nos facilita la existencia. ¿Os imagináis qué haríamos hoy en día sin coche? M40, M30, oficina, colegios, El Corte Inglés… OMG, solo pensarlo, ¡me da estrés!

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Pues bien, para la historia de hoy debemos tratar de pensar con la mentalidad de hace 130 años: antes de las guerras mundiales, antes del peep-toe y la minifalda, antes de la movida madrileña, antes de los coches y muchísimo antes de Miss and Chic -al menos, en su versión digital.

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Por aquel entonces, las mujeres no solían trabajar y desde luego no tenían derecho al voto ni a cuenta corriente, así que, aparte de llevar corsé con naturalidad, casarse bien y atender “un poco” a los hijos, las royals -como diría la neozelandesa Lorde-, se entretenían escribiendo cartas y tomando el té. ¿Todas…? No, ¡todas no! En una pequeña ciudad de Alemania llamada Mannheim vivía la guapísima Bertha, que en aquel momento tenía 39 años, cuatro hijos y estaba felizmente casada con su Karl, ingeniero e inventor de profesión. Karl, como todos los hombres (y si son ingenieros más todavía), adoraba su garaje y allí ocupaba sus días inventando maquinitas y motores. Nuestra amiga, chica lista, lejos de enfadarse con Karl por las horas que pasaba haciendo cosas de ICAIs, le alentaba y motivaba. De hecho, invirtió parte de su dote en el taller de inventos de Karl cuando eran novios, aunque perdió sus derechos en el hedge fund cuando se convirtió en su esposa. Cosas de la época.

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El verano de 1888, Karl estaba especialmente entretenido, por no decir insoportable, con sus tuercas y bielas. Así que ese verano tampoco pudieron ir a veranear a Mallorca (el veraneo mallorquín de los alemanes sí ha existido siempre, doy fe). Estaba trabajando en un nuevo invento revolucionario, una especie de calesa de tres ruedas impulsada por motor que podría circular a 16 kilómetros por hora. Mientras, Bertha se aburría como un hongo en Mannheim y moría de ganas de ir a las fiestas de su pueblo donde estaba su familia. Todas las mañanas le decía: “Karl, cariño, me dejas porfi tu triciclo motorizado para ir a ver a mamá a Pforzheim? Porfa, porfa, porfa!”. Pero la distancia entre las dos ciudades era más de 100 kilómetros y Karl no pensaba que su automóvil estuviera listo para hacer un recorrido tan largo -menos aún en manos de la loca de su mujer.

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Así que una mañana de agosto, sin decírselo a su marido y sin permiso de las autoridades, Bertha se subió al triciclo motorizado con sus dos hijos adolescentes y puso rumbo a casa de la abuelita en Pforzheim. Había visto mil veces como Karl lo arrancaba y cómo hacía los primeros test drive de la historia, por lo que, Tauro como era, sabía que ella podía conseguirlo.

Hay que decir que el viaje fue toda una aventura plagada de anécdotas en las que prevaleció el ingenio femenino. Como decía al principio, las mujeres somos eminentemente prácticas, así que Bertha se las apañó para encontrar algo parecido a combustible en una botica, donde adquirió agua y benzeno. También hizo pit stop en el zapatero, al que compró una pieza de cuero para reponer el equivalente a las pastillas de freno. Y cuando las dos únicas marchas del vehículo no eran suficiente para subir cuestas, ahí estaban sus dos hijos buenos mozos para empujar el coche. Al atardecer, cuando llegaron a su destino, Bertha envió un telegrama a Karl en el que decía: “Hemos llegado a Pforzheim en tu Patentwagen – stop – Te lo dije – stop – Hay cena en el horno – stop”.

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Más allá de una bonita historia que contar a los nietos, esta aventura supuso el reconocimiento mundial del PatentwagenGracias a esto, hoy podemos decir que Karl Benz fue el inventor del primer automóvil propulsado por combustión interna y su mujer, Bertha Ringer Benz, la protagonista del primer trayecto largo que se hizo en un auto con motor. Mujer tenía que ser.

Firma: Isabel Gómez Mampaso

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